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martes, 9 de octubre de 2018

TRABAJO PRACTICO ANTROPOLOGIA .5 AÑO(2018)

TRABAJO  PRACTICO DE ANTROPOLOGÍA 2018




Individual o de hasta tres integrantes

Fecha de Entrega y Defensa Oral: 8/11/2018


Teniendo como marco de referencia alguna de estas problemáticas/realidades


-Documental  “Comuna 8” (Canal Encuentro)

-Film "Diagnostico Esperanza




Responda:

 1-De acuerdo a los campos de trabajo de la  Antropología  como plantearía la problemática presentada cada uno de ellos


  Relacione cada uno de los siguientes conceptos con el link elegido


a- Texto: Entrevista a Raúl Zaffaroni (Autoritarismo Cool)

b- Prejuicio como construcción social dinámica y la relación con el concepto de estereotipo

c- Tolerancia cero

d- Populismo punitivo

e- Apuntes para una teoría del miedo

f- https://estudiosjuridicos.wordpress.com/derecho-penal/teoria-del-delito/

g-El estado como legitimador (Ver Blog)


h-Relaciones entre Antropología y  Criminologia

i- Positivismo  Biológico

j- https://www.youtube.com/watch?v=dpLqqu6XPY4

Tolerancia Cero: Rudolph Giuliani

ANTROPOLOGÍA II :

https://www.youtube.com/watch?v=frXcMZzw_Gk

Populismo punitivo

ANTROPOLOGÍA II :Populismo punitivo

SOCIEDAD › ERNESTO RODRIGUEZ, EXPERTO EN JUVENTUD

“Existe el riesgo de caer en un populismo punitivo”

Es uno de los máximos referentes latinoamericanos en políticas públicas para la juventud. Aquí, el sociólogo uruguayo explica por qué fracasó la mano dura en varios países y las claves para enfrentar la violencia juvenil desde la inclusión.
 Por Mariana Carbajal

“¿Para que los escuchen los jóvenes tienen que incendiar el país? Eso es lo que no debiera ocurrir, pero es el riesgo cuando nos acordamos de que existen sólo por su vínculo con el delito”, dice el sociólogo uruguayo Ernesto Rodríguez, uno de los máximos referentes latinoamericanos en diseño de políticas públicas para la juventud. Consultor de Unesco y del Banco Mundial, dirige el Centro Latinoamericano sobre Juventud (Celaju) y actualmente trabaja para el gobierno federal de Brasil. De paso por Buenos Aires, donde participó de un seminario sobre el tema organizado por Flacso, concedió una entrevista a Página/12, en la que analizó el fenómeno de la violencia juvenil en la región, enumeró las claves para enfrentarlo y detalló experiencias concretas que se están llevando adelante en otros países para integrar a la sociedad a los jóvenes excluidos.
–¿Qué resultados han tenido las políticas de mano dura para el control de la delincuencia juvenil?
–Ninguno. Se están poniendo en práctica en países como Guatemala, Honduras y El Salvador y consisten en rebajar la edad de imputabilidad penal de los menores para aplicarles el mismo tipo de sanciones que a los mayores. Tienen manuales policiales que describen como sospechosos de ser o estar vinculados con prácticas delictivas a los jóvenes que forman parte de pandillas. Es evidente que esos programas no atacan las causas estructurales del fenómeno, sino sus efectos más visibles.
–¿Por qué lo dice?
–Es clarísimo que esas pandillas no son sólo espacios de organización delictiva como plantea la policía; ante todo son espacios de socialización. Los propios jóvenes excluidos construyen espacios de encuentro entre semejantes para protegerse unos a otros, para crecer juntos de la mejor manera posible. Los que realmente están vinculados a la actividad delictiva son muy pocos y se castiga al conjunto sin ningún tipo de miramientos.
–¿A qué responde el fenómeno de la delincuencia juvenil?
–Hay una buena parte del fenómeno vinculado a la exclusión social, no solamente a la pobreza: son jóvenes que no tienen trabajo ni posibilidad de tenerlo, han sido desertores del sistema educativo en el caso de aquellos que han estado algún tiempo por lo menos en él, no tienen estructuras familiares que los puedan contener adecuadamente y por supuesto, buscan a través de otro tipo de caminos el acceso a ciertos bienes y servicios que no pueden tener por vías legalmente establecidas. Pero ésa es una parte del asunto. También hay un fenómeno vinculado con la manipulación que de estos jóvenes hacen las bandas organizadas, vinculadas al narcotráfico, la propia policía, otros grupos políticos o empresariales, que los reclutan para todo tipo de actividades.
–¿Para delinquir?
–Sí, sí. Por ejemplo, el fenómeno de los sicarios en Colombia, especialmente en Medellín, desarrollado a partir del auge de los carteles de narcotráfico en los años ’80, que reclutan a adolescentes para matar. Por supuesto, les están ofreciendo mecanismos de generación de ingresos infinitamente superiores a los que pueden conseguir en cualquier trabajo regular por mejor sueldo que tengan.
–¿Esto ya se ve en países como Argentina y Uruguay?
–Creo que sí, pero en mucha menor escala. Estos jóvenes saben que irremediablemente no van a vivir más allá de los 18 o 20 años. Es una opción tomada fruto de las circunstancias y que, además, tiene su atractivo: tener recursos... Tenemos un drama muy grande. Hay una distancia enorme entre la situación estructural de exclusión y las convocatorias a un consumo absolutamente desorbitado a través de medios de comunicación y centros comerciales. La brecha entre el ser y el querer es inmensamente grande. Eso explica muchos de los fenómenos de violencia. Eso, además, está ligado a la crisis de muchas instituciones de nuestras democracias muy débiles, que no están siendo un referente adecuado para mostrar que, evidentemente, hay caminos alternativos al delito.
–¿Qué se puede hacer ante todo esto?
–Lo primero que no se puede hacer es pensar que para un fenómeno que tiene explicaciones múltiples hay una única solución. Y lamentablemente siempre se debate en esos términos. Se requiere una batería muy amplia y variada de medidas específicas, adecuadamente articuladas, en cuyo marco se pueden incluir temas como crear un sistema penal juvenil específico como propone por estos días el gobierno argentino.
–Pero sería sólo una pata...
–Claro. ¿Qué otras patas debería tener? Voy a poner ejemplos de cosas que se están haciendo. En Brasil hay un programa que se llama Abriendo Espacios que consiste en algo tan elemental como abrir los colegios los fines de semana para que se puedan realizar todo tipo de actividades recreativas y al mismo tiempo se brindan alimentación y servicios de salud. Abrir al conjunto del entorno comunitario, no solamente a los alumnos que van regularmente: también a los jóvenes de la zona que han desertado, y que muchas veces se enfrentan con los que siguen estudiando. Esta experiencia, que ya tiene más de cinco años, está funcionando en 1500 escuelas medias en Brasil y cuenta con la participación de más de 500 mil adolescentes. Y se acaba de definir que se va a generalizar al conjunto del sistema educativo en todo el país, porque las evaluaciones han demostrado palmariamente que los índices de violencia juvenil en el entorno de estos colegios han bajado notoriamente.
–¿Cuál es la clave?
–Que hay un sentido de apropiación de esos espacios por parte de quien está afuera. Este tipo de programas ayuda muchísimo a disminuir el potencial de violencia. Pero la clave está en que se realicen en combinación con muchas otras medidas. En Uruguay se está trabajando en la capacitación de la policía para que entienda qué es un adolescente, para así erradicar las razzias, evitar las estigmatizaciones de los jóvenes y lograr un acercamiento entre la policía y el vecindario. Hoy hay un mecanismo de diálogo permanente en varias comisarías de Montevideo y Canelones –donde se registra el 80 por ciento del delito– con grupos de jóvenes de la zona. Hay sanciones para los que no cumplen con los acuerdos que se fijan, hay penas muy graves para los abusos policiales contra los adolescentes. Pero, además, hay que prevenir los focos de violencia en otros campos. Entonces, desarrollamos un trabajo vinculado con docentes de la enseñanza media respecto de cómo trabajar los temas de violencia cotidiana en el aula, no ya del delito; pero de la violencia cotidiana al delito hay un paso. Hemos trabajado mucho también con medios de comunicación, que como norma general hacen un destaque muy morboso de la problemática juvenil.
–¿Qué tipo de trabajo hicieron con los medios?
–En general, los jóvenes que aparecen en los medios son los rubios de ojos celestes exitosos o los que delinquen; los que estudian diariamente, que se matan por conseguir un trabajo, jamás son noticia. Hemos hecho algunas iniciativas como concursos de buenas noticias para mostrar otra imagen vinculada a los jóvenes. El punto es crear mecanismos de participación en las propias zonas donde estos jóvenes viven, para que las reglas de juego que primen no sean siempre las basadas en la violencia. En Montevideo hay un acuerdo entre la intendencia y una ONG de un grupo salesiano, por el cual una parte de la recolección de la basura está a cargo de jóvenes marginales. Por el trabajo, reciben ingresos. El proceso ha sido excelente.
–En un contexto de tanta pobreza como el argentino, ¿qué se puede hacer con tantos jóvenes que no estudian ni trabajan?
–Ese es el punto fundamental. Mi impresión es que en estos últimos años en Argentina todas las decisiones que se han tomado por acción o por omisión han ido en beneficio de los adultos y han perjudicado a los jóvenes. Es muy obvio que las tasas de desempleo juvenil han crecido mucho más que las de los adultos. ¿Por qué? Porque ha habido medidas de creación de empleos aunque sean precarios destinados a los adultos como el Plan de Jefas y Jefes de Hogar. El problema que tenemos es que los jóvenes no están organizados, no tienen un mecanismo de presión legalmente establecido para conseguir políticas que los protejan. La responsabilidad de un gobernante es ver cómo hace para incluirlos efectivamente. No es simple. Pero, en todo caso, lo peor que se puede hacer es desconocer que hace falta incluirlos de alguna manera y tener con ellos algún tipo de diálogo. Hasta los propios piqueteros han logrado tener un acercamiento hacia el gobierno y eso no era concebible tres o cuatro años atrás. ¿Para que los escuchen los jóvenes tienen que incendiar el país?
–Pero los resultados, ¿se pueden ver a corto plazo?
–Uno puede actuar sobre las causas estructurales y puede tener efectos inmediatos. Pero muchas veces se toman medidas para calmar a la opinión pública, aunque no solucionen nada, en una especie de populismo punitivo. Por ejemplo, decir que se crea un régimen especial de responsabilidad penal juvenil –que significa una inversión de recursos muy grande para su montaje efectivo–, sin saber de dónde van a salir los recursos.
–Hay quienes sostienen que no se pueden aplicar penas de privación de la libertad a menores, aun dentro de un régimen especial para menores. ¿Qué opina usted?
–Hay situaciones específicas en las que hay que pensar en mecanismos de privación de la libertad, pero deben ser usados sólo excepcionalmente y tiene que haber separación absoluta de las cárceles de mayores. Las penas deben estar establecidas por ley, no pueden quedar al arbitrio de un juez como ahora. Pero lo central es implementar penas alternativas a la privación de la libertad.
–¿Como cuáles?
–Una de las fundamentales es la que se conoce como libertad asistida, en la cual los jóvenes no están privados de la libertad, pero tienen que hacer trabajos comunitarios: llevan una vida normal, pero acompañados por ONG que se encargan de controlarlos. En Argentina un menor institucionalizado le cuesta al Estado 1700 pesos por mes. Y sólo en el área metropolitana hay unos 8000 en esas condiciones. Estas medidas alternativas significa pensar en inversiones de 200 o 300 pesos por mes. El problema es que las instituciones se perpetúan: imaginémonos que detrás de esos 1700 pesos por mes de cada uno de los 8 mil jóvenes hay trabajo para un conjunto de funcionarios. De ahí no van a surgir los cambios jamás.

Infractores,no enemigos (Raul Zaffaroni)

ANTROPOLOGÍA II :

“No me gusta el autoritarismo cool”

El juez de la Corte Suprema Raúl Zaffaroni quiere que se hable de infractores a la ley y no de enemigos, porque sostiene que usando la lógica de guerra no se soluciona ningún problema. Argumenta que los derechos humanos son para la humanidad, y que violar los derechos humanos sería que el Estado decidiese abstenerse de combatir el delito.
 Por Martín Granovsky

Aunque se negó a discutir políticas concretas sobre seguridad o los detalles de las propuestas de Juan Carlos Blumberg, el ministro de la Corte Raúl Zaffaroni aceptó desplegar sus ideas sobre la seguridad y el sistema penal en medio de la discusión más aguda de los últimos años.
–¿La Argentina es hoy más insegura que hace seis meses?
–No tenemos un monitoreo serio respecto de la situación criminal en la Argentina. Toda afirmación que se haga surge de una sensación térmica.
–Pero la sensación térmica existe.
–Claro que existe. Sin embargo, no siempre responde a lo que pasa en la realidad.
–¿Usted dice que la realidad marca una situación de seguridad envidiable?
–No. Yo digo que hay que ser serios, sobre todo a nivel de las instituciones. Aunque haya delito, el grado de sentimiento de inseguridad no necesariamente es un reflejo mecánico de la frecuencia delictiva. O sea que por un lado me parece que existe un mayor sentimiento de inseguridad. Y por otro lado es poco lo que se puede decir si uno quiere ser serio.
–¿A qué se debe el aumento del sentimiento de inseguridad?
–Normalmente responde al tiempo que se dedica en televisión a la noticia roja, de sangre, y en menor medida a los metros cuadrados de la prensa gráfica. La velocidad reproductiva es tan vertiginosa que impide los baches que antes daban espacio a los discursos críticos. Todo pasa como si fuese necesario producir enemigos, descartarlos y reemplazarlos de manera permanente.
–¿Usted dice que los medios de comunicación son responsables de la percepción de inseguridad?
–Simplemente registro un hecho. Los medios transmiten noticias. Y como ocurre con todas las noticias en todos los medios, los editores pueden jerarquizar algo y darle menor extensión e importancia a otra cosa. Usted lo sabe: se trata de más espacio o de menos espacio. Si ese mayor o menor espacio está en relación con una mayor o menor frecuencia delictiva es algo que no le puedo decir seriamente. Con lo cual estoy afirmando que me gustaría que el Estado dispusiera de instrumentos de medición que hoy no tiene. Pero vamos a una explicación que me parece más profunda. La polarización de riqueza que provocó la economía globalizada deterioró gravemente a las clases medias, volviéndolas anómicas. Por eso reclaman normas, pero no saben qué normas. Son anómicos patéticos, que claman por normas y en su desconcierto acaban encolumnándose detrás del discurso autoritario simplista del modelo norteamericano, que viene con el prestigio de una sociedad que envidian y admiran.
–¿De qué modelo norteamericano habla?
–Hay un discurso penal de los republicanos duros, desde 1980, con Ronald Reagan de presidente. Y es bien simplista. Uno, más penas para proveer más seguridad. Dos, los delincuentes no merecen garantías. Tres, guerra a la criminalidad que, por supuesto, también es sucia. Cuatro, los delincuentes violan derechos humanos. Cinco, buscar la reelección rodeándose de fotografías de los ejecutados a quienes no se les conmutó la pena de muerte. Seis, un exitoso candidato a presidente cierra su campaña mostrando la placa de un policía muerto. Siete, un alcalde invirtió grandes sumas en mejorar el servicio de seguridad, depuró buena parte de la corrupción policial y actuó en tiempo de pleno empleo, pero pretende que su éxito estriba en la tolerancia cero y explica simplezas a ejecutivos latinoamericanos que le pagan millones.
–¿Ese discurso dice usted que impera también en la Argentina?
–Cuando algunos políticos advierten que esa forma de ver las cosas satisface a las clases medias en decadencia, no es raro que se apoderen de ese discurso y hasta se lo disputen. Como el político que pretenda confrontar con este discurso será descalificado y marginado, si no lo asume por cálculo electoralista lo hará por temor. Así es como algunos quieren imponer el discurso único del nuevo autoritarismo. Y apelan a supuestos “especialistas” que, como le decía antes, no disponen de datos empíricos serios. Son “opinadores libres” que reiteran el discurso único. Se vende la ilusión de que sancionando leyes que repriman desmesuradamente a los pocos vulnerables y marginados que se individualizan y aumentando la arbitrariedad policial, legitimando directa o indirectamente todo género de violencias incluso contra quienes objetan el discurso publicitario, habrá mayor seguridad urbana contra el delito común. Esto se hace magnificando la inseguridad, y le aclaro que no estoy definiendo que no la haya.
–¿Qué impacto tiene esa magnificación?
–Proclaman la existencia de una pretendida impunidad, de una lenidad generalizada. Y el metamensaje es curioso: incita públicamente a los excluidos a cometer delitos.
–Una paradoja.
–Sí. Algo así como “delincan que no pasa nada”. Al final, los resultados terminan no importando. Se trata de enviar mensajes que se toman como verdaderos sólo porque tienen éxito publicitario. Sirven para transformar una convicción en un prejuicio: un mundo que se desordena se puede ordenar con disciplina impuesta con represión.
–¿Usted carece de una sensación térmica propia?
–Sería irresponsable hablar de mí mismo. Equivaldría a contribuir a un debate donde ninguno tiene una pauta objetiva sobre la cual opinar. Hay un hecho cierto, una regla general de la que nuestro país no puede ser la excepción. Con desempleo y recesión, y en la Argentina no hay recesión pero la hubo durante cinco años y las consecuencias son millones de excluidos, aumentan los delitos contra la propiedad y se potencia todo género de conflictividad. Esa es una regla universal.
–¿Coincide con la respuesta del Gobierno de mayor coordinación entre las fuerzas federales y la provincia de Buenos Aires?
–No me haga hablar de políticas concretas. Soy un ministro de la Corte. Prefiero no opinar acerca de cuestiones que se convirtieron en abiertamente políticas.
–En la primera marcha de Juan Carlos Blumberg usted dijo que se compadecía de él pero que un enfermo sometido a una mala operación no necesariamente sugiere una buena praxis médica.
–Le voy a decir exactamente lo que pienso, actualizado a los últimos días. Nunca estuve enfermo de cáncer pero comprendo el dolor ajeno. Me solidarizaría con cualquier enfermo de cáncer. Más aún. Si no le diesen tratamiento, o si el tratamiento fuese inadecuado, saldría con él a pedirlo. Pero si el enfermo me dice que el tratamiento adecuado es la yerba de Doña María, y que por el solo hecho de sufrir, él sabe más que el oncólogo, yo no lo seguiría. Porque la yerba de Doña María no sirve, no salva.
–Piensa lo mismo que antes de la marcha de abril.
–Lo mismo. Es un criterio general que aplico.
–Doctor, ¿de qué se habla cuando se menciona el crimen organizado?
–A mí no me gusta como categoría. Es muy abstracta. Abarca una serie de fenómenos criminales dispersos, desde el lavado de dinero hasta la actividad de una banda de secuestradores. No sirve para nada. Si soy el Estado, tengo que prevenir el delito atendiendo a las particularidades. Y una categoría inaplicable no sirve para la prevención. Ya que está de moda comparar todo con la medicina, nunca buscaría una categoría que me junte el SIDA con el cáncer. Solo conseguiría que fuese imposible tratar nada.
–Pero hay un factor común: participa el Estado.
–Siempre que hay actividades de crimen como el lavado y el secuestro a gran escala hay un fenómeno de corrupción en el Estado. Eso es cierto. Y destruye las instituciones, incluso la policía, como pasó en los últimos años en América latina.
–¿De qué manera?
–Se autonomizaron las cúpulas de las fuerzas de seguridad y se profundizó su corrupción. Cuando a las instituciones armadas se les da más ámbitos de arbitrariedad ganan poder político, o para dar un golpe de Estado o para presionar a las autoridades democráticas. Es como enviciar a las fuerzas de seguridad y destruirlas como instituciones. Los peores costos los pagan con su integridad física los estamentos inferiores, con salarios degradados, autoritarismo interno, riesgos altísimos, anomia profesional, carencia de información, desprestigio público, aislamiento social y falta de condiciones para debatir horizontalmente sus condiciones laborales. Ese tipo de políticas fortalecen el Estado de policía y debilitan el Estado de derecho.
–¿Qué es el Estado de Derecho?
–El Estado de Derecho ideal es en el que todos estamos sometidos por igual ante la ley.
–¿Y el Estado de policía?
–Aquel donde nos sometemos a la voluntad del que manda. Invariablemente dentro de todo Estado de Derecho queda siempre un Estado de policía que pugna por romper el Estado de Derecho. Es una dialéctica permanente. Una lucha que no tiene fin.
–Usted habló antes de la búsqueda de enemigos. ¿Quién es el enemigo?
–Va cambiando. Un día son los secuestradores. Otro día los violadores. Después los asaltantes. Siempre hubo enemigos. Pero duraron más. Las brujas fueron un enemigo durante 300 años. Acá cambian una vez por semana.
–Pero, ¿qué es el enemigo?
–Planteado así, una construcción. La sucesión de enemigos aumenta la angustia y reclama nuevos enemigos para calmarla, porque nunca termina de conseguirse el chivo expiatorio adecuado.
–¿Es un círculo vicioso?
–Algo así. Todo se potencia de forma circular. Se impone una propaganda puramente emocional que prohíbe denunciar.
–¿El que critica es como un enemigo?
–Sí. Mire, a mí se me ocurre caracterizar este autoritarismo con la palabra que usan los jóvenes para señalar lo superficial, lo que está de moda, lo que se usa distraídamente: cool. Nació un autoritarismo cool, fashion. Y no me gusta. A veces ni se lo asume como una convicción profunda. Es una moda a la que es necesario plegarse sólo para no pasar por anticuado o desubicado. Cuidado con el autoritarismo fashion.
–¿La construcción del enemigo es irreal?
–Bueno, toda construcción tiene algún dato de realidad.
–¿Está mal que la sociedad se plantee la existencia de enemigos a combatir?
–Sí.
–¿Acaso no hay enemigos?
–Hay infractores. Y no le estoy sacando gravedad a cosas tan tremendas como el secuestro y la violación. Solo digo que no se puede pensar que el delincuente es como un soldado enemigo en la guerra.
–¿Y por qué estaría mal pensar eso?
–Por una razón práctica: porque no solucionaremos nada. La idea del enemigo es la idea de alguien que está afuera de la sociedad. Alguien que agrede a la sociedad desde afuera de ella. Así se quiere sacar un sector desde dentro de la sociedad y quitarle su condición de persona. El tema tiene dos costados. Uno es que se busca habilitar al Estado para hacerle cualquier cosa al que está “afuera”. El otro es que no se resuelve ningún problema. El poder ilimitado nunca soluciona nada. Y además, ¿quién define al enemigo? El Estado de policía habla de enemigos, y esa definición suelecambiar arbitrariamente. El Estado de Derecho tiene en cuenta infractores a la ley, no enemigos. Lo contrario sería caer en los extremos tremendos del siglo XX.
–¿El nazismo?
–No solamente. Los soviéticos consideraban “parásitos” a los tipos peligrosos. Los nazis, “subhumanos”. Los fascistas, “enemigos del Estado”. Y todos crearon un verdadero sistema penal paralelo con tribunales inquisitoriales/policiales. Los nazis fueron más crueles, pero eso no excluye otras atrocidades ni obsta a que en el fondo hubiese una base ideológica común en lo penal.
–¿Cuál era?
–Se la defino inventando una palabra: “peligrosismo”. Era el peligrosismo médico/policial, una forma de racismo que venía del siglo XIX. Los autoritarismos ejercieron su poder represivo en forma genocida. Crearon sistemas penales subterráneos, con desapariciones, torturas y ejecuciones policiales, individuales y masivas, sin base legal alguna. El Holocausto no tuvo base legal ni siquiera en el nazismo, como no fuera el bochornoso Führerprinzip. La eliminación de los prisioneros polacos por el stalinismo tampoco la tuvo. La famosa noche de los cuchillos largos no fue más que un asesinato selectivo de disidentes.
–¿No exagera al comparar la discusión actual con regímenes autoritarios?
–No la comparo. Explico el caso extremo de la búsqueda de enemigos.
–¿Siempre existió la búsqueda de enemigos?
–Como discurso se impuso en el siglo XIX, con Rafael Garofalo, y en el XX con Carl Schmitt, pero buscar e identificar enemigos fue una tarea permanente del poder punitivo en los últimos ocho siglos. El soldado de otro país es el enemigo externo. El delincuente es el enemigo interno. Por eso suele ser visto como una especie de “quinta columna” que quiebra la homogeneidad. Si uno define, como Schmitt, el poder como la capacidad de identificar al enemigo, entonces no habrá ninguna posibilidad de utilizar el poder para dar vigencia a los derechos humanos.
–¿Por qué no?
–Porque los derechos humanos no tienen “enemigos”. Abarcan a toda la humanidad. El poder ni siquiera puede ser utilizado para dejar fuera de la humanidad a quienes violen los derechos humanos.
–Blumberg dijo en el acto de Congreso que los organismos de derechos humanos defendían los derechos humanos de los delincuentes.
–No quiero centrarme en el señor Blumberg. Estoy hablando conceptualmente.
–¿Cuál es su concepto?
–Que efectivamente los derechos humanos son de todos los ciudadanos.
–¿Robar es violar los derechos humanos?
–No, es cometer un delito. Para hablar de los derechos humanos el único sujeto activo es el Estado.
–¿No hay relación entre violación de derechos humanos y delito?
–Sí que hay. Cuando el Estado no hace nada.
–Uno podría decir: “Hay muchos robos. Ergo, hay violación de los derechos humanos porque el Estado no se preocupó de evitar los robos”.
–Eso no significa que el Estado no hace nada, que disolvió las policías como si ante una epidemia cerrara los hospitales. Se puede discutir cómo lo hace, pero claramente hay una preocupación por resolver el delito. No escuché a ningún funcionario decir: “Si te roban, embromate”. Eso sería violar los derechos humanos por omisión. No sucede.
–¿Y usted cree que el Estado hace todo lo que puede?
–Nunca se hace todo lo que se puede. Pero veo policías funcionando. Y veo preocupación por cómo prevenir. Igual, no me haga hablar de políticas concretas. No quiero ser imprudente.
–Su imprudencia llega solo a hablar del autoritarismo cool.
–No, no es imprudencia. Es una lucha por sostener con firmeza los principios del derecho penal liberal y oponerlos al derecho penal cool. Quiero el fortalecimiento de la independencia judicial y el respeto a los jueces y sus decisiones. Exijamos responsabilidad institucional a nuestros políticos. Y no censuremos a nadie, pero ampliemos la libertad de expresión y de comunicación hasta poder confrontar públicamente por los mismos medios el actual discurso único del autoritarismo cool.
–¿Lo suyo es la guerra?
–No. Ya le dije que la guerra pone el problema afuera. Lo mío es una lucha contra la injusticia. En el sentido en que estuvimos hablando, no tengo miedo de mostrarme “anticuado” o “impopular” para no ser cool. Yo critico a los políticos que se montan en el aparato autista que le describí y sancionan leyes penales y procesales autoritarias y violatorias de principios y garantías constitucionales. O prevén penas desproporcionadas, que a veces no pueden cumplirse porque exceden la vida humana. O reiteran tipificaciones y agravantes en marañas antojadizas. O desarticulan los códigos penales, convierten la prisión preventiva en una pena y terminan desconcertando a los tribunales. Si los políticos de América latina se dejan llevar por la amenaza de una publicidad negativa, van a provocar el mayor caos legal autoritario de la historia penal desde la independencia.